La historia de la cigüeña viene del Siglo XIX. Las madres escandinavas iniciaron la tradición. Por esos lares, esas aves eran reconocidas por el esmero con que cuidaban a sus crías. Luego, el escritor Hans Christian Anders  inició el camino de la popularización.

 

 

Y a qué viene todo esto?

 

 

 

A menudo parece

 

que muchos adultos (y esta es mi  preocupación central) siguen creyendo en las fábulas y leyendas como las dulces criaturas que alguna vez seguramente fueron.

 

Más precisamente me refiero a adultos tales como dirigentes sindicales, políticos (sin gestión real), políticos de la oposición (sea cual fuere) y toda la troupe de comentaristas de la realidad. La mayoría de ellos sin excepción

 

 

creen que para tener dinero solo basta con fabricarlo y repartirlo. Y la fábula puede ser cierta: ¡¡se puede hacer!!  y convertirse en una alternativa real.

 

Pero la fábula se hace trizas cuando después de imprimir dinero sin descanso y distribuirlo sin condición, caemos en la cuenta de que no fuimos capaces de generar riqueza, ni de generar una sólida cultura del conocimiento y del trabajo.

 

Dedico los últimos de mis 1300 caracteres en desear y rogar que nos demos cuenta que debemos pensar más en qué debemos hacer y no tanto en qué podemos pedir.

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